El Túmulo de Gorblag

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Relato: Nogheim Parte 2

La semana pasada dejé la primera parte de este relato Nogheim Parte 1 que presenté a un concurso. Aquí está la segunda parte con la que finalizo el relato.

Nogheim parte 2

Cuando los parroquianos se marcharon y mientras Calver y su hija acababan de recoger la taberna fue cuando sucedió algo que nunca hubiera creído posible. Había pasado un tiempo desde que se fuera el último vecino bajo el aguacero y de que el resto de la compañía subiera a la sala común a descansar. Me encontraba yo sentado en la barra apurando mi vaso de vino aguado cuando la puerta de “El cuerno de cabra” se abrió de golpe y entró rodando por el suelo lo que parecía una persona enrollada en una capa completamente empapada. Dio varias vueltas sobre sí misma y aterrizó casi a mis pies quedando con las extremidades extendidas y mirando hacía el techo.

El rostro redondeado y pecoso aparecía enrojecido, aunque no hacía mucho frío, y algunos mechones de pelo rojo mojados se pegaban a este. La respiración era entrecortada y evidentemente la chiquilla, que acababa de aparecer de esta guisa parecía huir de algo.

Miró a su alrededor rápidamente, se puso en pie con premura y apartándose de mi corrió a cerrar y asegurar que nadie del exterior pudiera abrir la puerta de la taberna mientras Calver, Iselda y yo mismo observábamos lo que hacía.

 

  • ¿Pero qué…? – Se oyó la voz aguda del tabernero desde detrás de mí – La taberna está cerrada ya, a no ser que quiera alojarse no podemos ayudarla, Señorita.

La chica, apoyada contra la puerta de espaldas a esta después de cerrarla nos miró con curiosidad. Vestía con ropas cómodas de viaje, de tonos marrones, sobre los cuales destacaba su piel blanca, su pelo rojizo y un único brazal plateado que cubría su antebrazo izquierdo.

  • ¿Dónde estoy? – preguntó a nadie en concreto.

Miré a los otros dos y vi su cara de confusión.

  • ¿Quieres decir que no sabes dónde estás? – pregunté. Ella asintió.
  • Está usted en Nogheim, en el valle de Lacarhty, señorita – Contesto Iselda.

La chica quedó pensativa y metiendo su mano en una bolsa que llevaba debajo de la capa sacó un pergamino donde parecía haber un mapa que extendió sobre la barra justo donde mejor luz tenía.  Luego quedó mirando este en silencio mientras buscaba algo.

  • Señorita – volvió a repetir Calver – Si no necesita alojamiento no puede quedarse, ya hemos cerrado.
  • Déjala un rato – Dije cargando la pipa – Parece perdida y creo que necesita un lugar seco para aclararse. Ahí fuera hace un tiempo de perros – El tabernero se encogió de hombros y volvió junto a su hija a recoger lo que quedaba.

La chica se había quitado la capa colgándola en la percha cercana a la chimenea, que estaba apagada ya que hacía bastante calor. Parecía esbelta y ágil, claramente muy joven, más que los gemelos. Estaba nerviosa, excitada, pero no asustada y desde luego no le asustábamos nosotros. El pelo rojo recogido en una gruesa trenza le caía por la espalda donde se podía apreciar un arma no muy grande enfundada, una espada corta. No se veía mucha gente por aquellos pueblos que pudiera poseer un arma y además que pudiera leer un mapa. La mayor parte de la población del valle era analfabeta y se dedicaban a cultivar los campos o al ganado. No necesitaban armas más allá de algún cuchillo y los utensilios de caza.

Me acerqué a la chica después de un rato observándola. Ella al percatarse de mi presencia me miró directamente a la cara. Miré el mapa y después de buscar aproximadamente donde estábamos se lo indiqué con el dedo.

  • Aquí es donde estás ahora mismo – La miré a los ojos, oscuros y grandes – Mi nombre es Reinald. ¿Te puedo ayudar a encontrar algo? – Miró el punto que le indicaba. Y señalando otro con su delgado índice me dijo
  • – Busco la torre de las maravillas.

En el mapa aparecía un dibujo bastante detallado de una torre blanca puntiaguda. El idioma en el que estaba escrito no me sonaba, pero estaba bastante cerca de Nogheim, en el mismo valle de Lacarhty, pero subiendo por la ladera de “Pico amargo”.

  • Es un sitio complicado. No he estado nunca pero se dice que es escarpado y peligroso, sobretodo en esta época del año, que empiezan las lluvias.
  • Da igual, tengo que llegar allí, sólo tengo tres días para completar mi misión y ya he perdido uno en llegar a este estercolero.

Demasiado determinada y decidida para su edad. Había algo que no me acababa de cuadrar en ella, como si su presencia no fuera del todo natural, o coherente, en aquel pueblo. Ya era raro que una chiquilla portara armas y supiera leer, pero además no podía dejar de tener la sensación que todo en ella era extraño.

Me senté en una de los taburetes de la barra. Miré la puerta cerrada y el reguero de humedad que había dejado la chica al rodar por el suelo cuando entró.

  • ¿Huyes de algo o alguien? – Vi de reojo a Iselda levantar la cabeza y quedarse mirándonos ante mi pregunta. La chica pelirroja me miró a los ojos frunciendo el ceño en una mueca de sospecha – Has entrado muy apresurada y has cerrado la puerta enseguida, el agua entra igualmente aunque atranques la puerta, las bestias o las personas no – dije impasible. Ella volvió la vista hacía la puerta cerrada por un instante, y luego me miró de nuevo.
  • Te crees muy listo para ser un viajo campesino del montón – dijo seriamente – ¿Reinald, verdad? – Asentí con la cabeza – Pues debo informarte, Reinald – Remarcó mucho mi nombre al pronunciarlo – que no es asunto tuyo de lo que yo huya.
  • ¿Entonces sí está usted huyendo de algo, Señorita? – preguntó Iselda acercándose. La chica la miró y frunciendo el ceño cruzó los brazos sobre su pecho y contestó un poco a desgana – Tampoco es asunto tuyo, pueblerina. Lo único que me interesa es llegar a la Torre blanca y terminar mi misión en menos de dos días o la recompensa no habrá valido la pena.

Y fue en este instante cuando viví la cosa más extraña que he vivido en mi larga vida. En ese mismo momento se escuchó un sonido agudo, muy agudo, intermitente, que salía del brazal plateado que tenía la chica. Ella se quedó mirando aquel objeto y apresurada fue pasando por encima los dedos de su mano derecha empezó a pulsarlo con un patrón que no comprendíamos pero que hizo que dejara de sonar.

  • Me han encontrado.

Dijo para sí misma, sacando de la funda su espada. El arma, impoluta y bella, brillaba a la luz de la tenue iluminación de la sala. Iselda ahogó un grito cuando el estruendo de unos golpes en la puerta rompió el silencio. Fuera había alguien y quería entrar, como fuera y tenía toda la pinta de que quería a la chica. Calver se acercó a su hija para protegerla y yo le hice señas a ambos para que mantuvieran silencio y se retiraran hacía la parte trasera de la taberna, donde podríamos subir al piso superior.

La chica mientras esperaba de cara a la puerta en la cual ya no se oían los golpes. Yo la veía de espaldas mientras me retiraba y entonces vi entrar algo por una de las ventanas laterales que debía de estar rota o no estaba bien cerrada.

La figura, ataviada con una armadura rosada demasiado chillona y un yelmo exageradamente labrado se levantó rápidamente e intentó atacar a la chica pelirroja con una lanza. Esta, que no esperaba el flanqueo, pudo esquivar a duras penas el ataque.

  • ¡Puñetera sabandija escurridiza, te voy a matar! – Dijo una voz de hombre desde dentro de la armadura – Me vas a pagar el combate del otro día.

El de la armadura rosada siguió atacando mientras la muchacha iba esquivando y parando golpes, la velocidad a la que se movían por la sala hacía difícil seguirlos y más cuando estábamos intentando huir hacía el piso superior. Empujé a los dos taberneros con más ahínco hasta llegar a las escaleras. Los dos contrincantes se habían estado desplazando por la taberna en su lucha y habían llegado a la zona de las mesas, tirando con sus cuerpos y ataques algunas sillas al suelo.

La pelirroja dio dos pasos atrás, esperó y cuando vio que su rival atacaba de nuevo se movió lateralmente. Gritó al atacar y su espada empezó a brillar con un color verdoso. El atacante se había precipitado y había dejado su flanco libre al cual se dirigía la espada corta a gran velocidad. Iselda gritó al ver la escena.

  • ¡Mierda… otra vez no! – dijo el de armadura rosada desde dentro de su yelmo.

La espada corta lo había atravesado y después de eso cayó al suelo. La chica quedó mirando durante un segundo, esperando algo. El cuerpo del caído de pronto desapareció delante de nuestros ojos, dejando sólo una especie de caja cuadrada.

Me senté en las mismas escaleras para no caerme al suelo. No podía dar crédito a lo que estaba viendo. Creo que Iselda y Calver habían acabado de subir al piso superior.

La chica se acercó a la caja, apoyó su mano y de pronto apareció delante de ella una imagen cambiante y traslucida, reducida, de la armadura y arma de su rival, además de algunas cosas más que, deduzco a día de hoy, que llevaba encima en el momento de caer.

  • Vaya “loot” más deplorable – Dijo en voz alta – así no me ganará en la vida y yo no me llevo nada decente. Al menos el yelmo me sirve de momento hasta que encuentre algo decente.

Con un movimiento la chica hizo desaparecer la caja y las imágenes, sin embargo apareció el yelmo de su rival en su propia cabeza.

  • Bueno, es hora de irme a ver si consigo pasarme al Boss de esa torre antes de que acabe el tiempo límite de la misión.

Y casi como si nunca hubieran estado allí, la chica desapareció por la puerta, dejándola abierta a la noche lluviosa y dejando como muestra de lo acontecido sólo unas sillas volcadas.

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Relato: Nogheim Parte 1

Aquí dejo la primera parte de un relato que escribí para un concurso de relatos del foro Warhammer aquí. Las bases indicaban que debía tener entre 2000 y 5000 palabras (este tiene unas 2500) y la temática era libre.

Intenté, como casi siempre, jugar un poco con esto de los relatos, que es lo que me gusta. Aquí está la primera parte, ya que ponerlo entero era hacer una entrada demasiado larga, por lo que he decidido partirlo en dos, la semana que viene se publicará la segunda parte.

Sin más, dejo el relato.

NODHEIM

 

Anochecía cuando llegamos a Nogheim, un pueblo que aparentaba medio vacío por la amenaza de lluvia y que nos habíamos marcado como destino después de varias reuniones donde más que discutir nuestra ruta Edwina nos atiborraba con sus guisos. Nadie se quejaba por ello y todos acabábamos realmente llenos y satisfechos con aquellas noches en las que nunca acabábamos por decidir donde iría la compañía para la temporada de verano.

Las calles de tierra y piedra, claramente rurales muy diferentes de esas limpias calles empedradas de las grandes ciudades,  eran estrechas y con cuestas bastantes prominentes, hasta el punto en que la los integrantes del grupo tuvieron que bajar del carro para aligerar el peso del que tenían que encargarse las dos mulas que tiraban del carro, y de paso ayudar a empujar. Hrobet intentó, como siempre que podía, escaquearse del trabajo duro, pero su hermana de un buen tirón de oreja hizo que ayudara a empujar por la cuesta como el resto.

 

La compañía, ansiosa por la próxima actuación y cansada de un viaje de dos días en carro pasados por lluvia, se dispersó lentamente por la plaza central, mientras yo observaba desde el pescante del carro el lugar y sus gentes, que en esos momentos eran tres personas.

Los tres vecinos que se encontraban en aquella plaza a hora tan tardía, casi anocheciendo, se podría decir que estaban en un estado bastante desmejorado. Los dos hombres sentados en los escalones de piedra de acceso al Consistorio se apoyaban contra la piedra y entre ellos, uno dormitaba y el otro observaba con mirada perdida a la compañía que se disgregaba ante él. La otra persona, situada justo al otro lado de la plaza, era una mujer de avanzada edad que se sentaba en una silla de al menos los mismos años que ella, mientras acariciaba a un gato que dormitaba en su regazo.

Ilena se acercó a la anciana totalmente vestida de negro y empezó a hablar con ella. Desde aquella distancia no podía oírlas. La muchacha, que contrastaba claramente con su vestido claro contra la señora, por su juventud y desparpajo natural, parecía no tener inconveniente en tratar con cualquier persona que pudiera contestar sus preguntas. El gato despertó cuando la joven empezó a acariciar su pelaje grisáceo mientras conversaba con la anciana.

Galena y Hrobet, los rubios gemelos, se acercaron a mí y me indicaron que se iba a buscar alguna posada o fonda para pasar la noche, asentí sacando mi vieja pipa de madera desgastada y observé cómo se empezaban a perder por las calles laterales.  El resto de la compañía, Algar, Riena y Edwina, se acercaron al carro y comprobaron el equipo tranquilamente después de inspeccionar la plaza.

Como tantas veces en los dos últimos días miré al cielo esperando que aquellas nubes oscuras desaparecieran, pero seguían allí, manchando un cielo que poco a poco iba apagándose con los últimos rayos de sol que desaparecía detrás de las montañas que circundaban aquel valle. Si volvía a llover tendríamos que cancelar la actuación y casi seguro que la compañía no recibiría ni una mísera moneda. Habíamos invertido tiempo y dinero en el viaje de ida y aunque era el inicio del verano y pretendíamos viajar por diferentes pueblos en fiestas, tener un comienzo tan malo no auguraba nada bueno, además de que nuestros fondos no eran muy numerosos y tarde o temprano se agotarían.

  • La señora dice que hay una taberna a dos calles, por donde se han marchado los gemelos, aunque no sabe si tendrá camas libres. También me ha dicho que hay una posada siguiendo el camino hasta el siguiente pueblo, que no está lejos y que es mucho más barata y mejor, tanto por su comida como por el trato. Creo que no tiene en muy alta estima a los de la taberna – Dijo sonriendo Ilena que había vuelto de hablar con la anciana.
  • Pues cuanto más barata mejor, aunque estemos un poco más lejos del pueblo – Dijo Edwina desde la parte trasera del carro – Además, este pueblo parece muerto ahora mismo y deberían estar de fiesta.

Miré a la anciana, que seguía sentada en la vieja silla. El gato había saltado al suelo y se estiraba desperezándose mientras la señora nos miraba con su rostro impasible. Volví a mirar a los dos borrachos al otro lado de la plaza, los cuales seguían exactamente en la misma postura, sólo que esta vez ambos parecían dormidos.

  • A ver que nos cuentan los gemelos de la taberna. Luego decidiremos, pero teniendo en cuenta que las lluvias amenazan con aguarnos la actuación, no estaría de más mirar de alojarnos en la taberna si hay suficientes parroquianos e intentar llegar a un acuerdo con el propietario para poder sacarnos unas monedas allí dentro.
  • ¿Otra vez apestando a tocino y vino rancio? – Saltó de pronto Riena – Odio actuar en sitios cerrados que huelen a estercolero, o peor, a borrachos babosos y sobones.
  • Todos odiamos no poder vivir del aire Riena – Le contesté mientras golpeaba la pipa contra el lateral del pescante donde aún estaba sentado – Pero nos aguantamos e intentamos trabajar para comer – Miré a Riena de soslayo, puso cara de replicarme pero debió pensarlo mejor y al final solo suspiró amargamente.

Empezó a llover poco después de conseguir hablar con el tabernero, un hombre pequeño y enjuto, bastante nervioso y que hablaba con voz estridente. Decía llamarse Calver, aunque Hrobet enseguida lo bautizo como “Calvo”, al menos cuando no estaba delante. La taberna, llamada “El cuerno de cabra”, era una planta baja con unas cuentas mesas desvencijadas al fondo de esta, después de pasar la barra donde se servía el vino más aguado que había probado en décadas. Además de Calver se ocupaba de la taberna Iselda, su hija, una joven morena igual de delgada que su padre aunque de rostro más afable y trato más amable, sobre todo después de conocer a los gemelos, que tendrían su edad aproximadamente y estuvieron contándole todo lo que había por más allá del valle de donde nunca había salido. Iselda parecía soñar con salir de aquel sitio, más pronto que tarde.

Después de la cena la compañía hizo una pequeña actuación. Sin bailes por la falta de espacio, con lo que ni Riena ni Ilena tuvieron oportunidad de mostrar sus capacidades. Sin embargo los gemelos y yo mismo arrancamos con la música mientras la voz de Edwina llenaba la pequeña sala. No ganamos mucho pero al menos lo suficiente como para pagarnos la noche en una cama y la cena. Fuera estuvo lloviendo intensamente toda la velada.

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Series: Primera temporada de Titans

Titans o Titanes en España, es una serie de acción real basada en los cómics de DC en la que un grupo de chicos jóvenes con poderes se van juntando para formar un grupo algo disfuncional pero con un potencial enorme.

Hay series que antes de verlas ya tengo una sensación de desazón con ellas. No recuerdo cuando me enteré de la serie de Titans pero si recuerdo la primera vez que tuve esa sensación con ella, y fue cuando un amigo me comentó que había estado viéndola y curiosamente no me comentó nada malo. Quizá por eso mismo me extrañó. Él suele comentar las cosas que le gustan pero en este caso me dijo que le gustaba el tratamiento que le habían dado a Robin y que era el paso intermedio entre ser Robin y Nightwing.

Y claro, cuando tienes siempre la sensación que se desaprovechan personajes como Starfire y Raven, tanto en cómics como en series animadas, y quien te habla de la serie ni siquiera las menciona…

Como siempre intentaré evitar spoilers. Diré que la serie se basa en los cómics y que los usa como base, pero no se parece mucho en algunos aspectos, cosa que a mi me da igual siempre que el producto final sea satisfactorio.

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Reflexiones: Animes y sus tonterias

Vamos a empezar con un claro “Me gusta el Anime”.

En general me gusta. Como en cualquier medio hay obras que me gustan más que otras, algunas me parecen muy buenas y otras auténticas mierdas. Me pasa lo mismo con los cómics (Sean o no mangas), el cine (sea más o menos específico) o la literatura.

Pero en general hay elementos que se suelen cumplir en Anime (que no siempre es así pero es bastante habitual) que me llaman la atención. Hubo una época que me molestaban, ahora se han convertido en un chiste constante y me hacen hasta gracia.

Hay que tener en cuenta que para muchas obras de ficción hay que hacer un esfuerzo por parte del espectador/lector y supender la incredulidad (hacer como que hay cosas muy fantasiosas que no tenemos en cuenta para no estropearnos a nosotros mismos la obra que nos cuentan). En general el Anime es muy dado a que este esfuerzo sea bastante alto.

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